Capítulo 7 ~ Oro parece, plata también

En el universo hay tantas reliquias como leyendas sobre ellas se puedan inventar. Algunas son tan diminutas que no se pueden apreciar a simple vista, y otras tan enormes que pueden pasar desapercibidas como astros. No obstante, la mayoría son de un tamaño manejable y pertenecen a grandes líderes, valientes cazatesoros, poderosísimos empresarios, ladrones con suerte o a horribles monstruos que han vencido las fronteras temporales y así a la vida misma, como Jordi Hurtado.

De entre todas esas reliquias legendarias, hay una que es, en especial, digna de mención. Muchas guerras sucedieron y Spode sabe que sucederán más aún por hacerse con ella. La llaman “La Preciosidad”, pues, según cuentan, está formada por todos los metales preciosos conocidos y por conocer; pulidos, comprimidos y enmarcados de tal forma que si la observaras por un sólo momento no podrías apartar la vista nunca más, o al menos eso dicen.

En este preciso instante una valiente cazatesoros, o ladrona con suerte, según se mire, intenta convencer a un ex-agente traidor y un robot estropeado para que la ayuden a llegar, sin que ellos lo sepan, a “La Preciosidad” de una vez por todas.

Jëlly's, suburbios de Robotia

– ¡No, no y no! ¡De ninguna manera! ¿Quieres dinero? ¡Toma el que quieras, pero no pensamos ayudarte con tus caprichos! ¡Es muy peligroso! -Plasta enfurecía por momentos.
– Es mi condición. O me lleváis de paseo o no hay paseo para nadie.
– ¡Qué quiere un paseo dice! ¿Sabes cómo acabó mi último paseo? ¡Una horda de carnívoros hambrientos persiguiéndonos por la superficie de toda Robotia!
– ¡Parece divertido! Y has salido vivo. Otra vez. Prometo no separarme de ti, así seguro que sobrevivo -Anita le guiñó un ojo.

Plasta se llevó las manos a la cara y empezó a lamentarse en voz baja.

– Aceptamos -anunció Tobot.
– ¿Qué? ¿Te has vuelto a escacharrar?
– Piénsalo bien, viejo. Ahora mismo eres de los tíos más buscados de la Galaxia y fijo que ya saben que estás aquí. Si la única manera de salir por patas y completar la misión es con ella, allá vamos. ¿Acaso tienes algo más que perder?
– ¡La poca dignidad que me queda! Como si no fuera bastante sospechoso como para que encima me vean paseándome con esta pequeña delincuente por todo el universo...
– ¡Eh, que aquí el tipo más buscado del universo no soy yo! Recojo mis cosas y nos vamos. Esperadme fuera, salgo cuanto antes.
– Pero... - al fin, Plasta decidió rendirse-. No te olvides del wa-i.

Plasta, resignado, salió de la habitación como un volcán en erupción. Lo que vio a continuación no es que calmara sus ganas de explosionar: el bar estaba patas arriba, la música había cesado y quedaban sólo un par de borrachos tirados por el suelo, pero no había ni rastro de Komoyo, Zape ni Telepia. El dueño, que le sonreía irónicamente sobre la barra, se dirigió a él:

– ¡Hombre, has salido de una pieza! Veo que te han ido bien las cosas. Ojalá yo pudiera decir lo mismo. Todo el mundo, incluido esos amigos tuyos tan raritos, se marcharon cuando oyeron el rumor de que una flota entera del FGI está realizando inspecciones en la superficie. Como no tardarán en llegar, ¡se marcharon sin pagar! Por cierto, ¿te he hablado de los intereses de tu deuda de...?
– ¿Has dicho que Komoyo no está? -interrumpió Plasta-. ¡Lo que me faltaba! ¡Y encima con la ciudad llena de polis!
– Ya, ya, una pena. Respecto al dinero...
– ¡Tobot, rápido, tenemos que encontrarlos antes de que sea demasiado tarde! ¡Seguro que ha ido a decirles dónde estoy!

Los dos salieron a toda velocidad cerrando con fuerza la puerta, y el dueño se quedó sólo hurgando en los bolsillos de los clientes desmayados con la esperanza de terminar aquel día con beneficios.

Al contrario de lo que Plasta pensaba, Komoyo y compañía no habían salido del Jëlly's para denunciar nada a las autoridades del FGI. En estos momentos él y Telepia buscaban a contrarreloj al pobre Blu, el cual había huido despavorido de la avalancha de gente que se produjo en el Jëlly's cuando oyeron las malas noticias.

– ¡Zape, Zape! ¡Ven aquí bonito, ven aquí!
«Zape, -enviaba una y otra vez Telepia- Zape».
– ¡Para ya, vas a volver loco a todo el barrio con tus malditos pensamientos! ¡Zapeeee!

Cuando dijo eso, Telepia se sintió inútil y se le escapó una lagrimilla de pena. Había tanta vida inteligente alrededor que todo lo que pensaban le producía un fuerte dolor de cabeza. Por una vez en su vida, le habría gustado poder hablar en vez de comunicarse telepáticamente. De repente, se paró en seco.

– ¿Por qué te paras?
«Lo estoy recibiendo».
– ¿Qué estás recibiendo?
«Sus pensamientos».
– ¿Qué piensa?
«Que está en peligro».

Oficinas del FGI

El comandante se encontraba en el salón de proyección. Sentado en un sillón, con unas palomitas de mantequilla y un prominente batido de fresa, daba órdenes a los agentes, a los cuales observaba en directo mediante internet.

– ¡Eh, usted! Zwaqsta... ¡Inútil, no llame a la puerta antes de entrar! ¡Y haga el favor de cambiarse el nombre! ¡A partir de ahora se llamará agente Z!
– Transmisión entrante -anunció el sistema.
– Adelante transmisión.

Un agente rechoncho y bajito y otro alto y delgado se mostraron en el monitor principal. El agente bajito comenzó a hablar:

– ¡Señor! Tenemos nuevas noticias. Hemos detectado la señal de un wa-i perteneciente a uno de los agentes muertos en la insurrección de hace 3 años. Debido a las interferencias causadas por los wa-i de los demás agentes no podemos distinguirla de las demás señales, pero hay bastantes posibilidades de que el sujeto que ha activado el dispositivo sea el sospechoso.
– ¡Perfecto, perfecto! Mandaré una orden para que desactiven temporalmente todos los wa-i de servicio y entonces podréis localizar la señal -se llevó unas palomitas a la boca-. Estará listo en siete minutos. ¿Algo más? -añadió.
– Sí, hemos capturado un ejemplar de Blu, una especie que se extinguió hace unas horas. Creemos que está relacionado con el sospechoso. ¿Qué hacemos con él?
– Si lo que dices es cierto, utilizadlo como cebo.

Suburbios de Robotia

– Recibido, mi comandante. Corto y cambio.

Al otro lado de la pared, Komoyo y Telepia escuchaban, o al menos el primero lo hacía, toda la conversación.

«Tengo un plan» -pensó Komoyo.
«¿Cuál?»
«Tú los distraes con una pose seductora mientras yo me acerco sigilosamente por detrás y cojo la jaula donde está encerrado Zape».
«No me parece una buena idea».
«¿Alguna mejor?» -tras una larga pausa, prosiguió- «Lo suponía. A la de tres».
«¡Tres!» -pensó Telepia, y salió de su escondite.

En cuanto salió, uno de los pensamientos en su cabeza le hizo tirarse al suelo, probablemente una de las mejores decisiones que tomara en su vida, pues en ese instante una joven y menuda mujer disparó una ráfaga de láseres que volatilizó a los agentes antes de que pudieran terminar de decir “¡Argh!”.

– Para que luego digan que sólo hurto trastos -dijo ella.
– ¡Menuda mujer! -exclamó Komoyo, que había salido de su escondite.

La mujer, sonriente, se acercó a Zape y lo sacó de la jaula. A continuación, se dirigió a Telepia y la ayudó a levantarse.

– ¡Hola! ¿Estáis bien? Soy Ana, Anita para los amigos. Y según me ha contado el señor Plasta, mejor somos amigos a partir de ahora. Este pequeñín debe ser Zape, ¿no? -dijo mientras le acariciaba la cabeza-. Esta de aquí es Telepia. ¿Y tú eras...?

A pesar de que la tal Anita no era ni de lejos una mujer bonita, su aura radiante hizo que a Komoyo le pareciera fabulosa, y se quedó embobado sin saber qué decir durante un momento.

– Esto... Gracias, Anita. Komoyo Diga -como estaba tan embobado se le olvidó el problema con su nombre.
– ¿Perdona?
– Que digo que diga, digo, que me llamo Komoyo Diga.
– ¡Ja, ja! Así me gusta, chavalín, hay que tomarse las cosas con humor desde el primer momento.

Antes de que Komoyo pudiera explicarse que realmente se llamaba así, Tobot y Plasta aparecieron e interrumpieron las presentaciones, aunque, de todas maneras, Anita ya sabía que su nombre real era Komoyo Diga, sólo le había preguntado por hacer la gracia.

– ¡Vosotros, basta de cháchara! ¡Tenemos que largarnos de aquí ya! -anunció Plasta-. Anita, ¿cuál es el punto blando más cercano?
– La iglesia de la Orden Galactical. Podemos atajar por la puerta trasera de Jëlly's.
– Iglesias, qué bien vienen cuando necesitas energía irracional para viajar – comentó Tobot.
– Vamos allá entonces.

Y así, el grupo de delincuentes atravesó con cuidado las calles de los suburbios, alertados siempre de la posición de los agentes del FGI gracias a la telepatía de Telethia. Cuando llegaron al bar esta vez lo encontraron totalmente vacío, y al no ver al dueño Plasta soltó un suspiro de alivio.

– Si hay alguien más plasta que yo mismo es ese tío -murmuró para sí mismo.

Cuando pasaron por la habitación de los trastos de Anita, ésta les dio a cada uno, menos a Zape, por precaución, una pistola láser como las que ella había utilizado para acabar con esos hombres. Komoyo se fijó entonces en que tenía una estantería llena de wa-i, pero decidió no compartirlo con nadie, no fuera a salir de aquella habitación menos gente de la que había entrado. En su lugar cogió uno y se lo metió entre su ropa interior, justo al lado de la hucha con forma de nabo.

La iglesia no era más que una pequeña cúpula de metal por el exterior. El interior, sin embargo, estaba tan cuidadosamente decorado que parecías estar dentro del universo entero mismo. En la cúpula estaba representada la Vía Láctea, tal como la verías si cenaras en cualquier restaurante en el fin del universo. El suelo era de cristal, y a través de él unos focos iluminaban toda la sala. Los bancos estaban hechos de un material parecido al algodón, y cuando te sentabas realmente creías estar en el cielo. Un cuadro de Dios completaba la decoración, colocado justo detrás del altar. Cabe mencionar que el Padre no se encontraba ahora mismo en la iglesia, pues tenía asuntos que esconder ante el FGI.

– ¡Guau! -exclamó sorprendido Komoyo, y se sentó en uno de los bancos- ¡Así cualquiera tendría ganas de venir a la iglesia los domingos!
– No digas tonterías. Si te quedas dormido, tienes que pagar limosna extra. Por eso lo hacen -comunicó Plasta.
– Ah. Qué ratas, entonces.
– Es la iglesia, ¿qué puedes esperar? Son iguales en todos los planetas. ¡Tobot, vigila la puerta!

Anita colocó el cubo en el altar y lo toqueteó un poco.

– Creo que está listo -anunció. Cuando queráis nos vamos -como no recibió contestación, prosiguió-. Allá que voy, ¿estáis listos?

Aunque a Komoyo le gustaría disfrutar del banco un poco más, reconocía que era más urgente escapar de la turba de zombis y de los cuerpos de seguridad, que aún no sabía por qué le perseguían, aunque podía imaginarse un montón de delitos que había podido cometer durante las horas que había estado bajo un sistema legal completamente diferente. Sin contar la posibilidad, por supuesto, de que no fuera a él a quien persiguieran.
Plasta, quien al contrario conocía bien la razón por la que les perseguían, quería salir de allí en seguida, y pensaba también librarse en cuanto pudiera de esa espontánea nueva familia que le había salido por el camino.
Telepia, invadida por un montón de pensamientos ajenos, había perdido la capacidad de distinguir los suyos propios y ni siquiera conocía cuántas eran las ganas de marcharse de allí.
Zape, por su parte, escupió una bola de pelo.
Anita, aunque disimulaba bien sus ganas de partir, estaba ansiosa por salir de allí y empezar la aventura de la búsqueda de La Preciosidad. Su mente estaba ausente pensando en la belleza que le esperaba mientras bajaba el dedo para pulsar el botón del cubo.
Tobot, desde la puerta, esperaba el momento analizando el cubo. Se fijó, entonces, que unas coordenadas ya habían sido establecidas por Anita.

«¡Oh, no, ahí no! -alcanzó a pensar antes de que el botón del wa-i fuera pulsado».

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